La tía Pepita…para reír, llorar y reflexionar.

A todas y cada una de las «Tía Pepita», porque en el fondo: «Somos la misma!!»…

                      Primer acto:   El parto de la Pepita…

   La Tía Pepita, como se autobautizó la protagonista de estas reflexiones, era una persona normal…que, a los 23 años, habiendo solo estudiado, estudiado y estudiado, no tenía novio; era hasta bonitica la muchacha, y por esos días vivía en casa de una de sus hermanas.

   Un domingo, día feliz de almuerzo en familia, mientras la hermana cocinaba un almuerzo de fábula, los niños correteaban en los corredores, el marido -de la hermana- jugaba a arreglar las matas del jardín…estaba ella, tía varias veces, que, como no tenía ni siquiera un pretendiente -en aquel momento-, pasaba el tiempo haciendo dulces para los niños…

   De pronto, exhalando un suspiro al observar a los miembros de la «Happy Family de la Barbie» dijo con melancolía: «El papá, la mamá, los enanos y, ¡¡hasta la tía pepita!! ¡¡La tía solterona que hace los dulces!!»

   Y así nació, a los 23 años -parto difícil- la tía Pepita; de una creencia equivocada, dictada por el pésimo ejemplo de sus hermanas mayores     -casadas casi desde el día de la primera comunión, por darles una referencia de la juventud-…  así cualquiera se traumatiza y se cree solterona a los 23!!

   Imaginen que la tía pepita, hasta había hecho el curso de costura y bordado para empezar a vestir santos, cuando llegase el momento.

                     

Segundo acto:   La niña Pepita…

   La tía Pepita, aunque nació grande -ya a los 23 media 1.75m y pesaba 60 kilos!!! ¿¿Como quedaría el ojo que lloro esa lágrima??- algunos años antes, fue niña; no chiquita, no!! esa virtud del buen veneno en frasco chiquito, ¡¡eso no!! JAMÁS!!

   De niña pensaba, hablaba y razonaba como vieja, perdón, corrijo el termino por no herir susceptibilidades, «adulta»…a un cierto punto, dejó de madurar; y ahora, que debe andar por los 50 y dele, ¡¡jura que tiene 17!! ¡¡Está clarita!!

   La niña pepita -suena hasta gracioso- soñaba con ser famosa; era escandalosa a mas no poder a la hora de escoger los zapatos; una vez, ni recuerda cuantos años tenía exactamente, se enamoró de unos suecos dorados que hasta a la propia Celia Cruz le darían envidia -podemos imaginar la magnitud de la exageración del calzado-.

   Esa pulga de menos de 7 años no entendía por qué su mamá   -que la complacía más allá de sus deseos-   se negaba con tanta vehemencia a comprarle los suecos, si eran bellísimos – cabe destacar, que el buen gusto y la sobriedad, no fueron nunca adjetivos calificativos aplicables a esa niña-.

   ¡¡¡El primer golpe profundo de la tristeza…la primera herida de guerra!!!

   Porque cuando se es así de pequeño, todo, absolutamente todo, desde nuestra perspectiva es inenarrablemente grande; las alegrías, las tristezas, las dificultades, los éxitos…Para la gente menuda, existe sólo el término «inmenso»…ahora pienso que es triste perder esta visión de grandeza, porque al crecer ya nunca más nada en nuestro mundo será suficientemente grande para satisfacer nuestras expectativas…y añadimos otro termino decisivo a nuestro vocabulario «desilusión».

   A fuerza de llorar   -pobrecita, adelgazó casi 50 gramos de tanto sufrimiento-,   de pedirle al niño Jesús, Reyes Magos, todos los Santos de rigor y demás asociados, léase «Hacedores de Milagros»; hacer promesas serias como que nunca iba a fumar y esas cosas, la piedad se evidenció…y un día, que fue como la gloria de ganar el Miss Universo       -otro de sus sueños-,   la Mamá   -Madre de toda la paciencia creada y por crear-   no podía más con el dolor de su pepita   -y no es de pensar mal, que estamos hablando de la muchachita-,   le compró los tan ansiados suecos…

   Ese día, aprendió pepita el poder de la perseverancia, aunque en un modo equivocado   -después les digo por que-;   y años más tarde, cuando aprendió a fumar, entendió la dificultad de mantener una promesa después que se obtiene lo que se desea…bien lo decía el maestro de moral y cívica de pepita y cito «prometer hasta meter y después de metido, olvidad lo prometido».

   Ni que decir del tortuoso destino de los suecos, que se bañaron, durmieron y taconearon con pepita, hasta que, el traidor pié de la niña creció -para el alivio de todos-  y no entró nunca más en sus suecos maravillosos; ¡¡era como ver a una de las hermanastras de cenicienta tratando de meter “er ñame” en la delicada zapatilla de cristal…Que tristeza!!

   Y digo tristeza, porque la Madre -atormentada con el tiqui-ti-tiqui de los suequitos- aprendió el inmenso valor de los zapatos con suela de goma, tan silenciosos ellos…destructores de sueños!!

Comentarios

  1. José Ramos dice:

    Me encanta la Historia. Quiero más!!!!

  2. Brunilda dice:

    Maravilloso, solo tu pusiste producir algo como esto único……

    1. Gracias mi Bruni querida! Te amo inmenso!

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